viernes, 23 de febrero de 2007

P. Domingo Lázaro (1877-1935)

De una honda, profunda reciedumbre,
duro asceta, de coraza y arnés,
curtido por el cierzo burgalés,
era a un tiempo, dulzura y mansedumbre.

Toda su vida fue una servidumbre,
una entrega al único interés
de cultivar y recoger la mies
en el campo docente, en pesadumbre.

Por todos recordado y venerado,
por donde pasaste dejaste huella
de hombre interior y apóstol entregado.

María fue tu norte y fue tu estrella
y en su amor maternal fuiste tallado:
¡tu madera de santo huele a a Ella!

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